viernes, 7 de diciembre de 2012

DESTRUIR O CONSERVAR


Cada vez que aparece publicado un libro sobre la correspondencia privada de un escritor, se reabre la sempiterna polémica sobre si es lícito, o no, la publicación de estas cartas. Sus detractores tienen argumentos muy sólidos sobre la no pertinencia de publicar unas cartas que en un principio estaban dirigidas a un destinatario particular, escritas en un determinado momento de su vida, y bajo un cierto estado de ánimo. A menudo, abusando de la confianza, se dicen cosas exageradas o poco pensadas, a buena cuenta provisionales, que responden a un momento determinado sin mayor transcendencia. Ante la consabida réplica de los estudiosos que de ese modo pueden conocer o entender mejor su obra, siempre se puede apelar a que ésta ya está ahí, y  habla por sí sola lo suficiente de sí misma.

Algo similar ocurre con las novelas, poemas y cualquier tipo de texto que un escritor deja a la hora de su muerte, y que no publicó en vida quizá porque no lo consideraba de la misma calidad que el resto de sus textos, o por cualquier otro motivo inimaginable para nosotros. En este sentido, los partidarios de publicarlo todo, hasta la nota más simple que le sirvió algún día de recordatorio, tienen mejores argumentos. De todos es conocida la historia de cuánto hubiéramos perdidos si finalmente se hubiera destruido los poemas de la Eneida tal y como pidió Virgilio totalmente insatisfecho con el resultado final de los doce libros; o si Max Brod hubiera hecho lo mismo con la obra de Kafka, por ejemplo. Aunque, según cuentan, todavía quedan una veintena de cuadernos y una treintena de cartas que su amiga Dora Diamant, una joven actriz que había conocido en sus largas estancias en el sanatorio donde intentaba curarse de esa tuberculosis que acabó con su vida, escondió antes de ser detenida por la Gestapo,  y que todavía hoy no han aparecido.

Como se puede comprobar la cuestión no es nada fácil de dilucidar, aunque, en principio, la solución sería bastante simple: si un autor no desea ver publicado un texto suyo, el tiene el remedio al alcance de su mano, destruirlo. Pero ¿quién se decide a hacer una cosa así, sobre todo si es alguien a quien le va la vida en la escritura? Por unos instantes me pongo en la tesitura de Max Brod y pienso el tormento y el malestar que debió suponer deshacerse del último hálito de vida literaria de su admirado amigo.

José Manuel Caballero Bonald, último premio Cervantes de las Letras, plasmó lucidamente en el poema “Un paradigma” esta cuestión.

 
Dejó escrito Virgilio, ofuscado quizá
por los pronósticos adversos del cielo de Brindisi,
que los doce libros de la Eneida, a cuya gestación
dedicó los últimos once años de su vida,
debían ser quemados tras su muerte.

No consintió Augusto, sin embargo,
que semejante designio se cumpliera, y así
se perpetuó en la historia la historia portentosa
del príncipe troyano, que aún incumbe al periplo
de nuestras más honrosas usanzas culturales.

Mediante las palabras ascendió Virgilio
al círculo glorioso
de los inextinguibles conductores de hombres
y el hecho de que un día quisiera destruir
el cardinal linaje de su memoria escrita
nos llega hasta ahora mismo
como un supremo ejemplo de horror a la impotencia.

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