Ya hemos comentado alguna otra vez en este espacio que no hay temor más
grande para un escritor que tener un gran deseo por expresarse a través de la
palabra escrita, y al mismo tiempo sentirse incapaz de hacerlo, sin saber cómo
empezar e intentando encontrar la fórmula mágica que le permita continuar. Cada
escritor tiene su particular método para exorcizar el tan inquietante síndrome
de la página en blanco, pero todos
tienen un punto en común: el trabajo constante y disciplinado.
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viernes, 18 de enero de 2013
EL OFICIO DE ESCRIBIR
viernes, 2 de noviembre de 2012
EL OFICIO DE ESCRIBIR
viernes, 1 de junio de 2012
EL OFICIO DE ESCRIBIR (II)
Cuando leemos un libro, si está
bien escrito, apenas percibimos todo el trabajo que hay detrás de él. Pero
cuando de verdad un libro nos ha impresionado, casi con toda seguridad queremos
saber más sobre él, sobre su elaboración, su composición, hasta convertirse en
ese libro que tenemos entre nuestras manos. Fuera de manías y rituales que todo
escritor fomenta, como los de Isabel Allende que siempre comienza sus novelas
un 8 de enero, o de Gabriel García Márquez que necesita una flor amarilla sobre
su mesa para poder trabajar, a nosotros como lectores, y en esto me imagino que
coincido con mucho de vosotros, nos interesa mucho más su metodología, cómo lo
hace, cuánto tarda en escribir una novela, cuántas versiones de la misma
realiza antes de entregarla a la editorial, en fin, todas esas cosas que
sabemos qué existen pero que pocas veces nos paramos a pensar en ellas. Para
los que como yo comparten este interés, os dejo un pequeño texto del ya
desparecido Italo Calvino (1923 – 1985).
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Italo Calvino
martes, 22 de mayo de 2012
CUADERNO DE NOTAS X
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Cuaderno de Notas,
El oficio de escribir,
Rafael Baena
viernes, 6 de abril de 2012
UNA SIMPLE COMA
Circula una anécdota por la red
que cuenta como un día una mujer le pidió a su
marido que escribiera un justificante para su hijo que había llegado
tarde a la escuela el día anterior. Mientras ella se afanaba en preparar al
niño y no llegar tarde de nuevo, el hombre se debatía en la mesa de su estudio
con el dichoso justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, cambia el orden
del adjetivo, tacha una frase, la reescribe… hasta que la mujer viendo que se
le volvía a hacer tarde, le arranca la hoja de las manos, escribe rápidamente
dos líneas, la firma y sale corriendo. Lo que aparentemente era un simple
justificante escolar, para el marido, un escritor, se había convertido en una
intrincada cuestión de eficiencia y estilo.
Aunque parezca una paradoja, lo
cierto es que sólo los escritores tienen verdaderos problemas con la escritura.
No es extraño que este pueda pasar toda la noche en vela hasta dar con el
adjetivo apropiado, Gabriel García
Márquez tardó tres meses en encontrar uno para Cien años de soledad; el
tiempo les pasa inadvertido reescribiendo el mismo texto una y otra vez, de
todos es conocidos que Flaubert tardó cinco días para lograr una frase o que La
Fontaine tardara diez años en escribir sus fábulas.
Escribir bien quizás pueda ser
una de las tareas más difíciles que exista: se brega por el sustantivo o
adjetivo preciso, por la conjunción que une en perfecta simbiosis dos
oraciones, o por el enigmático uso del punto y coma, capaz de callar lo que no
es necesario decir, porque las palabras sean capaces de componer por si solas una
bella melodía… Cuanto más se escribe, mayor es la certeza de que menos se sabe
escribir, y esto lo saben todos los escritores de verdad, -no aquellos que dos
veces al año publican una novela, llevan un blog diario, y publican artículos
semanalmente en revistas de moda-, para quienes la vida, casi obsesivamente,
está hecha de palabras.
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Oscar Wilde
martes, 7 de febrero de 2012
EL OFICIO DE ESCRIBIR
EL TALLER DEL POETA
"El novelista trabaja de un modo continuo, fijo; escribe cierto número de horas y de páginas cada día. Para el poeta eso resulta imposible y quien ha intentado escribir un poema diario ha obtenido resultados catastróficos. Por otra parte, es imposible emprender ninguna actividad humana sin dedicación y para aspirar a escribir poemas y, quizás, ser poeta, uno tiene que trabajar mucho. Así que hay que encontrar un punto intermedio entre no forzarse a escribir y seguir practicando continuamente.
En mi caso, no tengo un taller propiamente, sino cuadernos y un ordenador donde apunto lo que se me ocurre, lo que me interesa, lo que me gusta, con muchas versiones que luego no utilizo. Quisiera mostrarme como una persona muy racional y ordenada, que cree en el esfuerzo y el tesón, pero lo cierto es que existe algo para lo que no hemos encontrado mejor nombre que «inspiración», responsable de las escasas ocasiones en las que nuestro trabajo cumple nuestras expectativas.
Escribo en toda clase de lugares, se me han ocurrido textos en el metro, en un tren… Hubo un tiempo en que los aviones eran un campo muy propicio para el intento poético pero se han convertido en un infierno. Los propios aeropuertos eran antes muy favorables para trabajar, con sus grandes salas vacías, pero ahora están atestados. En cambio, uno de las últimas fronteras de la escritura son los cuartos de hotel, son sencillamente maravillosos."
José Emilio Pacheco
FÓSIL Y VOLATIL
En la gran tumba de papel
lividez amarilla que se desgarra al contacto,
entre ruinas proliferan de lo que fue
un día en la vida,
un momento entre los momentos,
encontré un fósil que aún emitía bajo el Carbono 14
cierta señal aunque muy leve de vida.
lividez amarilla que se desgarra al contacto,
entre ruinas proliferan de lo que fue
un día en la vida,
un momento entre los momentos,
encontré un fósil que aún emitía bajo el Carbono 14
cierta señal aunque muy leve de vida.
Fue mi primer poema de hace mil años.
Quise leerlo desde otro planeta,
desde el desconocido impensable que salió de allí sin embargo
-y aún no se cura de espanto.
desde el desconocido impensable que salió de allí sin embargo
-y aún no se cura de espanto.
Sentí ganas de ver qué me decía,
cuál recado póstumo
escribí otro yo mismo sin darme cuenta en aquel entonces.
Y me acerqué intrigado y, qué más da, emocionado.*
cuál recado póstumo
escribí otro yo mismo sin darme cuenta en aquel entonces.
Y me acerqué intrigado y, qué más da, emocionado.*
Pero la hoja volátil abrió las alas.
Se quebró ante mis ojos.
Y ya herida de muerte dejó en la nada
un reguero de polvo o polen.
Se quebró ante mis ojos.
Y ya herida de muerte dejó en la nada
un reguero de polvo o polen.
* César Vallejo, Poemas Humanos.
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José Emilio Pacheco,
poesía
viernes, 18 de noviembre de 2011
EL OFICIO DE ESCRITOR
Existe la opinión generalizada de que el escritor como tal, no es un oficio, porque cualquiera que haya aprendido esa habilidad en el colegio, lo puede hacer. Y en parte, sólo en parte, es cierto. Cualquiera puede coger una hoja de papel y un bolígrafo, o bien sentarse delante del ordenador, y escribir un relato basado en la experiencia o un poema desgarrador por un amor no correspondido, y con ello ya se considera escritor. Pero desgraciadamente para los que piensen que así es, siento desengañarlos, esto no es verdad. Un escritor se hace a base de trabajo, constancia y método.
Para todos aquellos que aún así quieran continuar con este sacrificado oficio, le dejo estas singulares recomendaciones de Roberto Bolaño.
NÚMEROS
Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos:
- Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
- Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
- Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
- Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
- Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
- Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
- Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
- Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
- La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
- Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
- Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
- Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.
Quimera, Nº 166, febrero 1998 y Nº 241, marzo, 2004.
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