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viernes, 21 de septiembre de 2012

LA NOCHE DEL ORÁCULO


Hay libros que quisiéramos que no terminaran nunca, que sus historias, personajes y escenarios continuaran más allá de la última página. La noche del Oráculo, de Paul Auster, es para mí uno de esos libros: su historia y sobre todo Brooklyn permanecen ya muy dentro de mí; y no porque haya vuelto de nuevo con la lectura de Llámame Brooklyn de Eduardo Lago, cuyas semejanzas van mucho más allá del simple escenario, y de las que ya comentaré, sino porque las experiencias narradas, la música, la comida, el ambiente, y sobre todo Brooklyn y sus calles, ya forman parte de mi cartografía particular.

La trama argumental de La noche del Oráculo es muy sencilla: la relación triangular, con sus intrigas y desmanes, del escritor Sidney Orr, su esposa Grace y su colega John Trause. Sin embargo, la novela de Auster es, afortunadamente, mucho más que eso. Alrededor de esa simple excusa literaria se vertebran otras historias que salen y entran al texto con una dinámica vertiginosa; historias dentro de historias que cuentan otras historias y que se relacionan como espejos enfrentados.

Ante tal maraña, una de las cuestiones principales que subyace no es otra que una cuidada y acertada reflexión sobre el proceso de empezar a escribir:

“Puse un cartucho de tinta en la pluma, abrí el cuaderno por la primera hoja y me quedé mirando la primera línea. No tenía ni idea de cómo empezar. El objeto del ejercicio no consistía en escribir algo concreto, sino en demostrarme a mí mismo que aún era capaz de escribir: lo que significaba que no importaba tanto lo que escribiera como el hecho de escribir algo. Cualquier cosa hubiese servido, cualquier frase habría sido enteramente válida, pero aun así, no quería empezar el cuaderno con alguna estupidez, de modo que me quedé a la expectativa frente a la página cuadriculada, mirando las hileras de tenues líneas azules que se entrecruzaban en la blancura del papel convirtiéndolo en un campo de diminutos e idénticos cuadrados, y mientras dejaba vagar mis pensamientos por aquellos recintos tan finamente trazados recordé una conversación...”

El pretexto que utiliza Orr para terminar con esa terrible sensación para un escritor como es la imposibilidad de escribir, no es otro que el pasaje de El halcón maltés, de Hammett, en el que Flitcraff, tras salvar su cuerpo en un accidente, decide cambiar el rumbo de su vida, aceptando la manipulación del azar. Y así surge la novela dentro de la novela: Orr, a imitación de Flitcraff, crea el personaje literario de Nick Bowen, un editor neoyorquino, que recibe un manuscrito perdido hace unas décadas, de la enigmática escritora Silvia Maxwell, La noche del Oráculo, quien después de salvarse de morir de milagro decide abandonarlo todo por completo, para empezar de cero otra vez, por lo que toma el primer avión que sale de Nueva York, y termina llegando a Kansas City. Así que, por una parte, nos encontramos ante la ocurrido al fugitivo Nick Bowen, que, además, se lleva consigo la misteriosa novela de Silvia Maxwell, y por potra, la historia personal de Orr, narrada en primera persona,  y otros relatos, como el guión cinematográfico que tiene que escribir para conseguir el dinero que necesita.

De ese modo el lector va entrando y saliendo, sin apenas darse cuenta, de una y otra historia, pasando de un plano “real”, la historia del escritor bloqueado, Orr, a uno “ficcional”, la del editor Owen, de tal modo que ésta última va adquiriendo tal consideración en el devenir de la narración, que, al final, lo que no es más que un ejercicio de composición, un intento de volver a escribir, la historia de Nick Bowen, puede resultar incluso decepcionante, ya que, ante la incapacidad del escritor de darle una solución real a la ficción narrativa, se queda estancado y no sabe cómo resolverla, por lo que nosotros nunca sabremos cómo termina ese relato. Creo que este hecho en sí, no tiene más importancia que corroborar esa idea expresada anteriormente del bloqueo narrativo, que el personaje creado por Orr salga o no de ese cubículo es intranscendente, lo verdaderamente importante es como Auster nos muestra el proceso creativo literario y como muchas veces, una historia que aparentemente se muestra como sólida, se va desmoronando ante el rumbo que van tomando los hechos.  Al fin y al cabo, el terminar un relato la mayoría de las veces no es más que un tributo que hay que pagar para hacerlo verosímil. De ese modo, lo que nos queda es la narración pura sin la servidumbre de la coherencia que exige la realidad.

A todo esto además hay que añadir las trece notas al pie de página, un recurso tan académico que  también duplican la novela, oponiéndose como contrapunto textual o paralelo narrativo. Sin embargo, Auster transforma el lugar de la nota al pie pues no son frases aclaratorias en letra menor, sino textos narrativos con identidad propia, lo que quizás nos lleve a preguntarnos por qué no incluyó estos párrafos dentro de la historia principal.



Y esto sólo en cuanto a lo referente a la estructura narrativa, una de los grandes valores de la novela, pero La noche del Oráculo, no es simplemente una  novela técnicamente perfecta, sino que pertenece a ese tipo de novelas que son necesarias leer con un lápiz y un cuaderno al lado para ir tomando nota de todas las referencias culturales que cita, como las del pintor favorito de Beckett, Hammett o Wells, cuya opinión sobre la posibilidad de viajar en el tiempo merece una atención aparte, las atinadas reflexiones sobre la vida de los escritores, de verdaderos escritores como Auster, no autores mercantiles, sino de los del oficio de escribir, del ritual de los cuadernos, las plumas, los lápices… de la metafísica del papel como lo denomina Auster. Una vez acabado el libro da la sensación de que pocas veces Auster ha hablado tanto de sí mismo como aquí, ni siquiera en el insustancial e insulso Diario de invierno.

martes, 11 de septiembre de 2012

POSTALES LITERARIAS (y último)


Con el post de hoy doy por finalizada la serie iniciada con las postales literarias que no ha sido otra cosa que una síntesis de cada una de mis lecturas estivales. Alguna de ellas eran asignaturas pendientes como los clásicos Cumbres Borrascosas o Rayuela; otras salieron sin más a mi paso como el poemario El puente de Mª Victoria Atienza, cuyos versos me hicieron rememorar aquel inolvidable viaje que hice a Praga hace ya algunos años. La librería ambulante es una de esas novelas que nos encantan a los bibliotropistas pues es una loa a los libros y al poder de transformación que la lectura ejerce sobre nosotros. Pero de todos ellos si me he de quedar con alguno, éste es La noche del oráculo de Paul Auster, pero de él ya hablaré en otra ocasión pues su arquitectura literaria, el armazón que compone la novela, es tan complejo como atrayente y se merece dedicarle un post en exclusiva. Así que la próxima vez nos vemos en Brooklyn con Paul Auster.


viernes, 31 de agosto de 2012

POSTALES LITERARIAS I


El verano está dando los últimos estertores. La gran mayoría de nosotros ya hemos regresado de nuestras vacaciones. Como de costumbre los destinos siempre son de los más variados: habrá quien haya preferido aislarse en un recóndito lugar de la montaña; otros que por fin han podido realizar ese viaje anhelado durante tanto tiempo; por supuesto, el mar habrá continuado siendo el destino más elegido; una gran parte, habrá regresado al pueblo de sus mayores en busca de sus raíces, o de un turismo más económico. Yo me encuentro en el grupo de los que siempre elijo una ciudad como destino para escaparme.

Mis ciudades preferidas son aquellas que puedo localizar en un atlas de geografía literaria. Ciudades que, gracias a la genialidad de algunos escritores, han alcanzado la esfera de espacios míticos: la Florencia de Stendhal, la Praga  de Kafka, el Dublín de Joyce, la Lisboa de Pessoa o la Alejandría de Durrell, por poner solo unos ejemplos de los múltiples que nos podemos encontrar. Todas estas ciudades, al margen del país o continente que se encuentren, configuran un paisaje espiritual y mental tanto de los grandes escritores de nuestro tiempo como de una gran parte de nuestra historia.


Es cierto que a través de la peripecia vital de los protagonistas, la novela moderna está íntimamente unida al espacio urbano y a su arquitectura, y para lograrlo, el narrador toma aquello que nos permite recorrer los espacios, entrar a los lugares, mirar el mundo urbano para descubrirnos nuevos lugares. De ese modo el autor no ofrece una descripción de la ciudad o del espacio narrativo que encierra un significado más profundo, ya que cuando vamos concibiendo esos lugares, según avanzamos nuestra lectura, vamos recreando una visión de la ciudad que no necesariamente tiene que coincidir con la real, o con la de otros lectores. Esa es la gran magnitud de la lectura, la posibilidad de crear espacios, situaciones o personajes únicos e inigualables.

Desde hoy, y en días sucesivos, colgaré en este espacio bibliófilo una postal literaria de cada uno de los lugares que he visitado este verano. Estas postales son mucho más que el recuerdo de una lectura estival, son también unas recomendaciones literarias a las que podéis acercaros en cualquier momento en el que os sintáis un tanto distraído ante la avalancha de novelas exprés (recordad aquellos que se encargan, se escriben, se imprimen, se televisan, se compran, se retiran, y se destruyen) que nos propone la rentreé editorial. La mayoría de estos libros han superado con éxito la criba del tiempo por lo tanto son sugerencias que no suelen defraudar, y que casi con toda seguridad os hará pasar un buen rato. 

Paul Auster, La noche del oáculo.