martes, 30 de octubre de 2012

Sólo un instante

Hoy os lanzo una pregunta para la reflexión.
"¿Vale la pena leer una sola vez un libro que no merece la pena ser leído dos veces?"

Miguel Morey

Espero respuestas, pues un blog también se nutre de vuestros comentarios.

miércoles, 24 de octubre de 2012

24 DE OCTUBRE, DÍA DE LAS BIBLIOTECAS


Bibliotecas, renovarse o morir

"Es pasado el tiempo en que la biblioteca se parecía a un museo, en que el bibliotecario era una suerte de ratón entre húmedos libros y en que los visitantes miraban con ojos curiosos los antiguos tomos y los manuscritos. Es presente el tiempo en que la biblioteca es una escuela, en que el bibliotecario es en el más alto sentido un maestro y en que el visitante tiene la misma relación con los libros que el trabajador manual tiene con sus herramientas."
                                                                                          Melvil Dewey (1851 - 1931)


Hoy se celebra el día de las Bibliotecas y como para tantos otros sectores relacionados con el mundo del libro no corren buenos tiempos para ellas. Mientras que los más apocalípticos auguran un final muy próximo, pues en esta sociedad cada vez más tecnificada poco o nada tienen que hacer, los más avispados burócratas ya se están frotando las manos pensando en convertir esos espacios en centros recreativos, salas de fiestas para la tercera edad, o cualquier otra inimaginable atracción que deje un mayor rédito electoral.

Biblioteca de Stuttgart (Alemania)



Es una cuestión innegable que la función principal de las bibliotecas es de servicio a la sociedad.  A parte de los ya tradicionales que ofrecen a sus usuarios como la posibilidad de acceso a cualquier tipo de información o fomentar los hábitos de lectura entre la población, las bibliotecas actuales también posibilitan el acceso a internet y a otras nuevas tecnologías, atendiendo de este modo a los sectores más desfavorecidos, y reduciendo, en la medida de lo posible, la gran brecha digital creada entre los distintos estamentos de la sociedad.

Pero por otra parte, también es cierto que las bibliotecas no pueden seguir pensando en un futuro de continuidad guiadas por las costumbre, haciendo las mismas cosas que hacían años atrás. Está claro que lo que siempre ha funcionado pronto dejará de hacerlo, pues las generaciones de nuevos usuarios, del mismo modo que la sociedad, evolucionan y se transforman casi a la velocidad de la luz. Por lo tanto, si no queremos que las bibliotecas desaparezcan en el futuro, no les queda otra que elaborar un plan arriesgado, reinventar sus tareas y sus servicios, y no hablo ya de algo evolutivo, como el paso del catálogo bibliográfico en papel a un sistema informático, sino que ha de ser un cambio drástico, subversivo y revolucionario, que se adelante a su tiempo y que además pueda prever lo que está por venir.

Biblioteca Central de Seattle (Estados Unidos)

 Y en este espacio de reinvención el bibliotecario juega un papel esencial. Éste ya no puede ser aquel férreo guardián de los libros que los protegía con un desorbitado celo como si de un propio feudo se tratara y ordenaba silencio al más mínimo chisteo. El nuevo bibliotecario se ha de presentar a sus usuarios como su “personal librarian”, siguiendo la terminología  anglosajona tan de moda para marcar las nuevas tendencias. Se ha de erigir en la persona clave de contacto que conoce los gustos e intereses de sus usuarios, que se adelanta a sus desideratas,  y que, como el faro, sepa guiar y orientar, pues no todo el mundo tiene claro lo que busca y necesita consejo. Este bibliotecario ha de contribuir al redescubrimiento de esas novelas de siempre, que en la mayoría de las ocasiones quedan ocultos tras el panel de novedades efímeras, pues, al fin y al cabo, las bibliotecas constituyen nuestra memoria, son nuestro ADN, ya que los títulos que albergan nos identifican, hablan de nuestras referencias lectoras, nos dicen lo que fuimos y trazan nuestra cartografía intelectual. Y jamás debe actuar como aquel famoso librero de la Generación del 27, que abroncaba a sus clientes cuando compraban malos libros, en todo caso reorientar su elección. 

 En definitiva, el futuro de las bibliotecas nadie lo sabe por mucho que se empeñen en tratar de descifrarlo, aunque es indudable que la ruptura con la tradición es insoslayable para avanzar hacia nuevos horizontes más favorables. La nueva biblioteca tiene que adaptarse a las nuevas generaciones, ser más flexible, participativa e imaginativa, y si ellas mismas no son capaces de transmitir a las instituciones superiores el valor que aportan a la sociedad con pruebas más palpables y evidentes, éstas, por mucho halo de culturalidad y buen hacer que les envuelve, en momentos de austeridad como estos no tendrán ningún reparo en prescindir de ellas, como lamentablemente ya está sucediendo. 

Biblioteca Real Danesa, Copenhagen (Dinamarca)




viernes, 19 de octubre de 2012

EL LIBRO DE LA SEÑORITA BUNCLE


Si hace unas semanas hablábamos sobre Las novelas tontas de ciertas damas novelistas (aquí)  y de los libros con los que no vale la pena perder el tiempo en su lectura, hoy trataré de otro todo lo contrario: El libro de la señorita Buncle, publicado en la colección Rara Avis de la editorial Alba, y como rara avis que es,  merece nuestra atención.
El libro de la señorita Buncle fue escrito por D. E. Stevenson, sobrina de Robert Louis Stevenson, y durante los años que siguieron a su publicación, en 1934, gozó de un gran éxito. No es de extrañar, sin embargo, pues la historia de la literatura está plagada de casos como el de Stevenson, que si bien fue una de las novelistas más leídas en su época, del mismo modo, pronto quedó relegada al olvido. Afortunadamente, todavía quedan buenos editores capaces de rescatar y ofrecernos estas perlas literarias que albergan un poco de esperanza entre tanta novela idiotizante.

Casi con toda seguridad escribir la reseña de esta novela puede resultar de lo más sencillo, pues es curioso como pocas veces una novela habla tanto de sí misma como en esta ocasión.

La señorita Buncle, acuciada por su problemas financieros, decide escribir un libro para ganar dinero, y como ella misma repite en varias ocasiones a lo largo de la historia, “como no tiene imaginación”, empieza a escribir de lo que realmente conoce y tiene más a mano, el pueblo donde vive y sus vecinos, y así llega a publicar El perturbador de la paz, una novela cuyos  personajes eran atractivos, eran como personas de verdad, como la gente que se encuentra uno a diario”. De ese modo, gracias a una minuciosa técnica de disección  y de espejos reflejados, nos encontramos con una novela, El perturbador de la paz, dentro de otra, El libro de la señorita Buncle, siendo esta última el espejo donde se refleja la anterior.

La historia transcurre en Copperfield un “típico pueblo inglés” cuyos habitantes “eran típicamente ingleses” y “estaban muy satisfechos con su suerte”.  Todos los días hacían y decían las mismas cosas”, “nunca iban a ninguna parte, nunca les pasaba nada, solo que envejecían”, es decir, llevaban una vida monótona, construida a base de convicciones, pero sin sobresaltos. Hasta que el ingenio de la señorita Buncle, revoluciona del tal modo el tranquilo pueblo, que todo se desborda, y el apacible Copperfield queda arrasado como si por el hubiera pasado un vigoroso huracán.

La novela es extremadamente sencilla, tanto que como piensa el editor de la señorita Buncle, el señor Abott, ya he comentado que todo lo que se dice sobre la novela de El perturbador de la paz es perfectamente aplicable a El libro de la señorita Buncle, “el autor solo podía ser un hombre muy inteligente que se reía hasta de su sombra o una persona muy sencilla que escribía con toda la buena fe”, es decir, la simplicidad y naturalidad de la novela es tal que uno no acierta a adivinar si está compuesta por un escritor magistral o por una mujer ingenua, pues en ocasiones destella una sátira sutil, y en otras, no es más que los pensamientos de una mente inocente.

El libro de la señorita Buncle no es más que otro claro ejemplo de todo el poder transformador de la literatura. Después de El perturbador de la paz ya nada será igual en Copperfield. Gracias al efecto de una literatura chispeante y sincera, un pueblo rutinario y adormecido, de repente, actuará de forma audaz, rompiendo con tanta presión social que los mantenía asfixiados. 

Menos mal que dentro de este oscuro panorama literario, donde los mayores éxitos de venta reciben las peores críticas literarias, de vez en cuando, como por generación espontánea, surge una  novela divertida y sencilla, capaz de emocionarnos y hacernos reflexionar, en definitiva una novela con la que disfrutamos tanto que casi resulta imposible abandonar su páginas. El libro de la señorita Buncle es una novela que no debemos dejar pasar. Cada vez tengo más claro que no debemos encandilarnos por los rutilantes destellos de las novedades, pues hasta ahora, como dice el señor Abott, sólo nos ha demostrado una cosa:
"¡Qué tonto era el público! Era exactamente un rebaño de ovejas […]. Van uno detrás de otro como tontos, no reparan en tal libro, pero compran el de al lado solo porque lo compran los demás, aunque no hay manera de saber qué ven en el uno o dejan de ver en el otro."

martes, 16 de octubre de 2012

RITUALES DE LECTURA


Leemos en cualquier momento, en cualquier lugar. Leemos sobre papel y sobre pantallas. Los hay quien lee de camino al trabajo, otros a la hora de comer, muchos en la cama antes de dormir. Lo cierto es que cada cual encuentra su espacio y su mejor hora para leer.

Una amiga me comentaba que disfrutaba mucho de su hora de la lectura, y no porque le encanta leer, que también, sino porque había conseguido que ese tiempo que le dedica a la novela que lleva entre manos fuera único. Me contaba esta amiga que cuando se queda sola por las mañanas, después de que toda su familia saliera hacia sus quehaceres, ella se preparaba un delicioso café humeante y unas tostadas, y dependiendo de la estación del año, sale a la terraza a esa hora de la mañana en la que los incipientes rayos todavía no queman demasiado, o bien se queda junto a la ventana de la cocina, la más luminosa a esa hora del día, y entonces junto a la taza de café y su libro, o e-reader, tanto le da, comienza a dejarse seducir por la lectura. 

(vía flickr - Dani Lunardi)


Estas conversaciones con ella me hicieron pensar que con el tiempo también he adquirido ciertos rituales de lectura. En verano, por ejemplo, suelo pasar algunas temporadas en el campo. Allí he encontrado un espacio tranquilo donde coloco un viejo sillón de mimbre modelado por el tiempo, y a esa hora del día,  bajo el peso de un sol muy blanco, cuando la luz es más abrasadora, me siento bajo la sombra de una parra centenaria, y abro mi libro por donde lo dejé la última vez; y por unos de esos raros portentos de la vida, el tiempo se va deteniendo, y muy tranquilamente comienzo a diluirme entre las páginas del libro.

(vía flickr - Danieladenkova)


Sin embargo, durante el año he adquirido otros hábitos lectores. Últimamente me levanto muy temprano para leer, antes incluso de que salga el sol. A esas horas del día no suena el móvil, y los correos nuevos que entran por la bandeja no son más que publicidad. Paulatinamente, lo que antes podía ser un suplicio por tener que madrugar, se ha ido convirtiendo en el momento más especial del día, un momento único que me dedico a mí mismo. Además de madrugada, con un café con leche bien cargado, es posible tomarse las páginas con más calma. Una calma serena que todo lo domina y que abre un espacio ideal para las ensoñaciones, para las reflexiones certeras de los otros capaces de conducirnos hacia esa idea luminosa que quizás nunca se nos hubiera ocurrido. Y cuando llega la hora de marcharme a trabajar, una rabia furiosa me impide levantarme del sillón y comienzo una batalla sin cuartel contra el reloj, arañando hasta las últimas décimas de segundo. Sin embargo, hoy por hoy, no conozco forma más prodigiosa de empezar el día.

viernes, 12 de octubre de 2012

POÉTICAS II

VICENTE HUIDOBRO Y EL CREACIONISMO


El poeta chileno Vicente Huidobro (1893 – 1948) fue el precursor de El Creacionismo, uno de los movimientso poéticos más representativos de las vanguardias hispanoamericanas.

Huidobro  expresó su teoría poética a través de varios manifiestos: “Non serviam”, el “Prefacio” al poema Adán, o este Arte Poética que abre su poemario El espejo del agua. En este último ya apareen los conceptos nucleares de lo que luego sería El Creacionismo: el tratamiento preciso y necesario del adjetivo, alejado de la vacua retórica modernista; el rechazo de cualquier atisbo de descripción, el poema “es hermoso en sí mismo y no admite términos de  comparación”; o el versolibrismo en un intento de consecución de una armonía total cuyo ritmo supere los restringidos límites del verso y alcance la estrofa completa.

Pero el punto más interesante de su ars poetica es la idea del antimimetismo, es decir, el poema no ha de de reproducir la realidad, lo que Huidobro considera Arte reproductivo o arte inferior al medio, sino la creación de una realidad nueva y autónoma distinta de la realidad del mundo, Arte creativo o superior al medio. Así el poema ha de crear su propia belleza, de ahí el carácter demiurgo del poeta ya que si existe una nueva realidad creada por él, propiamente artística, por consiguiente su función es equiparable a la de un dios todo-creador o un “Artista-Dios”.

En conclusión, Huidobro a través del poema va en busca de la poesía absoluta, de la utopía artística, sin embargo, como suele ocurrir en la mayoría de los movimientos más importante de vanguardia de entreguerras, esa búsqueda, esos intentos de renovación se quedan en el campo de la teoría doctrinal, expuesta en los manifiestos programáticos, ya que no siempre resulta posible la materialización de esos postulados teóricos.


viernes, 5 de octubre de 2012

DE NUEVO EN BROOKLYN


Según Vila-Matas, par el escritor norteamericano Kurt Vonnegut, seguramente que en una visión bastante reduccionista del caso, las tramas literarias era más bien pocas y siempre las mismas, a saber: “alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto, etcétera”. Por lo tanto, para Vonnegut no había que dedicarle mucha importancia a la trama. Para él, lo verdaderamente importante, lo único que diferencia una novela de otras y que la hace original es el estilo.

En el caso de la novela de Eduardo Lago, Llámame Brooklyn, podemos constatar como esta peculiar idea es bastante cierta. La trama argumental es sencilla: Néstor Chapman, un colaborador de un periódico español en Nueva York, recibe un comprometedor encargo de manos de su amigo el escritor Gal Ackerman, terminar el libro que lleva entre manos si algo le sucediera antes de que pudiera darlo por finalizado. Como podrán imaginar, así sucede, y, comprometido como estaba con Ackerman, se siente obligado no sólo a leer y ordenar sus cuadernos, sino también a impregnarse de él, de tal  modo que en la versión final de la novela, los estilos y las personalidades de ambos se mezclan de forma inseparable.

Cuando empezamos a leer la novela, lo primero que nos llama la atención es ese carácter disperso, con saltos en el tiempo y en el espacio, y que no es otra cosa que todo el material legado por Ackerman y que el periodista intentará ordenar y dar forma. Éste, casi al final de la novela, reconoce que “Gal Ackerman tenía una mente fragmentaria. Escribía constantemente, pero no era capaz de imprimirle un sentido de totalidad a lo que hacía”. Y esa misma mente fragmentaria, junto con los recuerdos entrecruzados de ambos personajes, sus escrituras y sus diálogos –reales e imaginarios-, las obras literarias de Ackerman, las cartas de ambos, fragmentos de sus diarios, con sus páginas en blanco y sus ausencias, en definitiva toda su memoria escrita, es Llámame Brooklyn. Una novela donde su autor ha renunciado a ofrecernos una única visión lineal, y, por el contario, nos propone un argumento totalmente fraccionado y que el lector ha de recomponer contando con la ayuda del narrador. Éste, a su vez, no se limita únicamente a una primera persona, sino que de un narrador omnisciente da paso a numerosos narradores con visiones contrapuestas en ocasiones, complementarias en todas. Por así decirlo, al final el lector es esa pieza fundamental o ese engrudo que sirve para encajar y sostener ese puzle que es el libro y que contiene el tema de la novela y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

A diferencia de la novela clásica decimonónica donde ha de privilegiar siempre la trama, Lago, con el pretexto dar forma a la novela inconclusa de Gal Ackerman termina por hablar de todo, y para eso le basta con asociar cualquier idea con el verdadero tema central, que en realidad está  ausente. Así, lo que el autor nos muestra es un atractivo método de composición, bastante alejado de todos los dogmas clásicos sobre la novela, sustentado en libres asociaciones de ideas, asociaciones que se despliegan en un inmenso tapiz, que es el libro de Ackerman, y que al dispararse en todas los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pero Llámame Brooklyn no es solo una novela de estilo, también es una narración sobre cómo escribir una novela, repleta de alusiones literarias desde los versos iníciales de Paul Valéry, a los relatos de Truman Capote, o los del olvidado Alston Hughes, poeta que, según las propias palabras de Lago, existió de verdad y publicó su correspondencia con María Zambrano, sin olvidar, por supuesto, el formidable relato del casual encuentro con el inaccesible escritor norteamericano Thomas Pynchon.

Casi que con toda seguridad, para Lago hubiera sido más fácil hacer un retrato lineal de la vida del escritor americano Gal Ackerman, pero ha optado por una de las vías menos previsibles en el desarrollo argumental y ofrecernos una novela que es una verdadera celebración del poder de la palabra escrita, y de la literatura en el sentido más auténtico.